Yo no voy al médico esperando que me sanen; los milagros a Lourdes.
Yo voy al médico como quien va al zoológico. Ellos se creen que me están reconociendo a mí, pero soy yo quien les observa a ellos.
El médico que más me gusta es el "cagaprisas". Ese que, según llegas, te dice: “¡pero hombre de Dios, como no ha venido usted antes! Hombre, porque tal vez estaba esperando a ponerme malo para venir a verle.”
El más agorero es el médico que yo llamo CSI (Corte Sin Interrupción). Llegas, te mira como si fueras un sándwich reseco, porque tú, vivo no le tienes ningún interés, y piensa: “tienes que tener una autopsia espectacular.”
Cada médico tiene sus manías. Nada más verme la pinta hay quien me pregunta: “¿usted qué está tomando?” y claro, tú para no defraudarle le dices: “pues tomo un niño recién nacido después del desayuno, otro en la comida y otro en la cena.”
Uno de mis favoritos, un especimen a extinguir, es el médico miope. Este que, cuando llegas, él no te ve, y entonces automáticamente se dirige a tu acompañante y le dice: “qué le pasa, qué síntomas tiene”. Claro, tú llevas allí un rato y le dices a la persona que va contigo: “oye, oye, dile al doctorcito que porqué no se va despacito a tomar por culo.”
También tenemos al doctor que te ve llegar y te dice: “¡fuma, cuánto! ¡bebe, cuánto!” claro, tú dices: “¡hombre, no todo va a ser la vida contemplativa y la oración!” y encima, para rematar te suelta: “bueno, ya sabes que en tu caso, hagamos lo que hagamos no hay nada que perder. Así que es cuestión de probar.” Que tú te quedas con ganas de decir: “oiga y porqué no prueba a ponerse un botafumeiro en un güevo.”
O sea que, en fín, cuando me pasa algo prefiero contárselo a mi enfermera porque es más cercana y decisiva y no te dice como el médico: “¡y tú que querías, si ya vienes jodido de casa!”
Yo voy al médico como quien va al zoológico. Ellos se creen que me están reconociendo a mí, pero soy yo quien les observa a ellos.
El médico que más me gusta es el "cagaprisas". Ese que, según llegas, te dice: “¡pero hombre de Dios, como no ha venido usted antes! Hombre, porque tal vez estaba esperando a ponerme malo para venir a verle.”
El más agorero es el médico que yo llamo CSI (Corte Sin Interrupción). Llegas, te mira como si fueras un sándwich reseco, porque tú, vivo no le tienes ningún interés, y piensa: “tienes que tener una autopsia espectacular.”
Cada médico tiene sus manías. Nada más verme la pinta hay quien me pregunta: “¿usted qué está tomando?” y claro, tú para no defraudarle le dices: “pues tomo un niño recién nacido después del desayuno, otro en la comida y otro en la cena.”
Uno de mis favoritos, un especimen a extinguir, es el médico miope. Este que, cuando llegas, él no te ve, y entonces automáticamente se dirige a tu acompañante y le dice: “qué le pasa, qué síntomas tiene”. Claro, tú llevas allí un rato y le dices a la persona que va contigo: “oye, oye, dile al doctorcito que porqué no se va despacito a tomar por culo.”
También tenemos al doctor que te ve llegar y te dice: “¡fuma, cuánto! ¡bebe, cuánto!” claro, tú dices: “¡hombre, no todo va a ser la vida contemplativa y la oración!” y encima, para rematar te suelta: “bueno, ya sabes que en tu caso, hagamos lo que hagamos no hay nada que perder. Así que es cuestión de probar.” Que tú te quedas con ganas de decir: “oiga y porqué no prueba a ponerse un botafumeiro en un güevo.”
O sea que, en fín, cuando me pasa algo prefiero contárselo a mi enfermera porque es más cercana y decisiva y no te dice como el médico: “¡y tú que querías, si ya vienes jodido de casa!”
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