Desde que te marchaste ni el agua sabe a agua, ni las rosas huelen a rosas, ni el sol brilla con la misma alegría.
Los pájaros cantan canciones tristes al otro lado de mi ventana y sobre el cielo de mi vida hay nubes grises que huelen a lluvia.
Desde que te marchaste la ciudad parece otra. Como una sombra de mí mismo vago solo por las calles llenas de gente. Me siento en el banco de una plaza, me detengo ante un escaparate, entro en un bar y allí está ese fantasma tuyo que es tu recuerdo llenándolo todo, interponiéndose entre mis ojos y las cosas.
Sin ti, la ciudad no está vacía sino llena de algo tuyo que sin embargo no eres tú. Algo que no se puede besar, algo que no se puede abrazar, que no se puede tocar, que acompaña pero que no da calor.
Sin ti, nada es igual. Las horas pasan lentas como si el tiempo tampoco tuviera donde ir. Como si al tiempo tampoco lo esperara nadie.
Mis manos se duermen aburridas en los bolsillos porque no tienen con quien jugar.
Sin ti, vivo en mí rodeado de ausencia y de soledad porque todo es soledad y ausencia cuando tú no estás.
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